Sobre el chat de Venezuela
Si subes a un autobús en Mérida y el conductor grita ‘¡Mucuchíes!’ con ese acento cantadito, estás en los Andes venezolanos. Allí el aire huele a arepas de trigo recién hechas y a café de montaña, y las noches son frías incluso en diciembre. Mientras, en Maracaibo, el sol se refleja en el Lago de Maracaibo como un espejo roto, y el ritmo de gaitas se cuela por las ventanas hasta altas horas. Caracas, por su parte, late con el bullicio de los mercados de Chacao o la calma de Altamira al caer la tarde, donde el teleférico de Avila corona la ciudad con ese aire de pueblo grande que nunca duerme del todo.
Desde las playas de Chichiriviche, con sus aguas turquesas y el sonido de las olas rompiendo contra los cocoteros, hasta los pueblos coloridos del estado Falcón, como Coro con sus casas coloniales y sus calles empedradas, Venezuela es un país que se vive en capas. No es lo mismo un asado en la sabana barinesa, con su carne jugosa y el olor a leña quemada, que un pabellón criollo en un restaurante de Los Teques, donde cada ingrediente —arroz blanco, caraotas negras, carne mechada y tajadas de plátano— cuenta una historia distinta. Y si te cruzas con alguien que menciona el ‘Callao’, no está hablando de oro: es el barrio caraqueño donde el cuatro y el joropo se mezclan con el reggaetón en un solo compás.
Última actualización: 18 de julio de 2026