Sobre el chat de Carúpano
Carúpano huele a salitre, a café recién tostado y a ron envejecido entre barricas de roble. Los carupaneros —así se sienten, con orgullo— viven a ritmo de brisa del Caribe, donde el sol quema fuerte pero los vientos alisios traen un alivio fresco que poca ciudad costera puede ofrecer. Aquí el comercio bulle en las calles del centro, pero también se respira el aroma a sardinas y pepitonas frescas cuando el camión de Propisca pasa por el muelle antes del amanecer. Los vecinos conocen cada esquina sin necesidad de mapa: desde el puerto, donde atracan las lanchas de pesca, hasta las tiendas de cacao y café que aún guardan el legado colonial de este puerto histórico.
Lo de Carúpano no es solo el ron que lleva su nombre, aunque las marcas Ron Carúpano y Ron El Muco sigan siendo un orgullo local. La ciudad es un cruce de caminos: hacia Cariaco por la carretera que serpentea entre montañas, o hacia Yaguaraparo y Río Caribe, donde el turismo se mezcla con la pesca artesanal. Los carupaneros no hacen alharaca, pero saben que su tierra es especial: el cacao de Paria, el café de las faldas del Turimiquire y el azúcar que aún se cultiva en las haciendas cercanas. Aquí hasta los nombres de las parroquias —Santa Catalina y Santa Rosa— suenan a tradición cuando se pronuncian al caer la tarde, mientras las luces del malecón se encienden sobre el mar.
La calle en Carúpano no es solo un lugar para pasar, es un escenario. Los puestos de empanadas de cazón o de arepas rellenas de sardina se instalan al caer la noche, y los parroquianos discuten de fútbol o de la última faena en el muelle mientras el ron circula con moderación. No hay que buscar algo extraordinario: el calor humano se nota en el saludo al vecino, en la parada obligatoria en la tienda de abarrotes de la esquina o en el ritmo pausado de quienes saben que, en un pueblo como este, lo importante no es la prisa, sino el sabor de lo bien hecho.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026