Sobre el chat de Valera
Entre dos ríos que serpentean el valle y una temperatura que nunca baja de los 27 grados, Valera respira comercio y movimiento. Los bancos más grandes del país tienen aquí su escaparate, pero no hay que irse a las avenidas para sentir su pulso: basta con asomarse a la Plaza Bolívar, ese punto que marca los 540 metros de altitud y el centro de una ciudad donde el aire trae ecos de la cordillera cercana. Los vientos del noreste acarician sus calles, mientras los descendentes de la montaña refrescan las tardes, como si la geografía misma quisiera equilibrar el calor del entorno.
Por aquí pasó El Libertador camino a firmar un decreto que cambió la historia, y hoy sus calles guardan el eco de ese pasado convulso. Más allá del centro, el Valle del Momboy —ese corredor de 33 kilómetros hasta La Puerta— es el paisaje que distingue a Valera de cualquier otra ciudad andina: un territorio de cultivos y brisas frescas que contrasta con el bullicio de la urbe. No es raro ver a los valeranos hablar con orgullo de su universidad, la Valle del Momboy, como si el nombre de ese río les diera identidad propia.
La ciudad huele a arepa recién hecha en algún puesto callejero y a gasolina de los camiones que cruzan hacia Mérida o Maracaibo. Aquí no hay que buscar el ambiente: se siente en cada esquina, entre el ir y venir de gente que va de un banco a una franquicia o de un comercio local a otro. Y si el calor aprieta, siempre queda el consuelo de saber que, al caer la tarde, el valle se llena de ese aire fresco que baja de la cordillera.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026