Sobre el chat de Guatire
Hoy el sol cae a plomo sobre Guatire, pero en la plaza del centro la sombra de los árboles del Parque nacional Waraira Repano se alarga como un aviso: la brisa que baja de la montaña trae el rumor del mar, aunque el Caribe quede a una docena de kilómetros y la cordillera lo esconda. Los guatireños, con ese temple que da vivir entre valles y alturas, salen a la calle como quien abre la puerta de casa: sin prisa pero sin pausa, con el gesto de quien sabe que el frescor llega después de las cuatro.
Por las aceras del casco histórico pasan vecinos de toda la vida y recién llegados, todos mezclados en el ir y venir de un lugar donde el ritmo lo marca el movimiento del río Guatire, que serpentea entre casas bajas y comercios de colores. No es raro ver a alguien tomándose un fresco en la pulpería de la esquina o a un grupo de jóvenes esperando el autobús que baja hacia la costa, como si el mar —aunque lejano— fuera parte del paisaje cotidiano.
Lo que más sorprende de Guatire no es su altitud ni su cercanía a la capital, sino cómo la gente lo llena de vida. En las tardes de domingo, por ejemplo, el aire huele a pan recién hecho y a café tostado en casa, mientras en las afueras el bullicio de los mercados se mezcla con el sonido de las guarachas que suenan desde algún negocio. Aquí no hace falta buscar excusas para charlar: el simple hecho de estar en la calle ya es motivo suficiente.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026