Sobre el chat de Cúa
Entre los cerros del Tuy y el murmullo del río que le da nombre, los cueños se reconocen antes por el acento que por el barrio: en La Magdalena, donde el aire se corta con los miradores, o en el casco histórico, donde la casa natal de Ezequiel Zamora sigue en pie como un susurro de la Guerra Federal. Pero aquí no se viene solo a ver paredes; se habla de lo que hace vibrar: los tambores de San Juan en junio, cuando el polvo se mezcla con el olor a parrilla, o la devoción que saca a la calle a Nuestra Señora del Rosario cada octubre. Eso sí, no es raro que en una misma conversación salte de la fiesta patronal a los toros coleados del domingo o al fogón de Doña Rosa, donde el chorizo sabe a Tuy y a nadie más.
Lo que más sorprende a los forasteros es que, pese a ser tan cercana a Caracas, Cúa mantiene un ritmo propio: no hay prisa en el Mercado de La Magdalena ni en los clubes campestres como Santa Marta, donde las familias van los domingos a comer en medio de la vegetación. Los más jóvenes, en cambio, prefieren los miradores de La Magdalena al atardecer, cuando el Tuy brilla como un espejo roto entre las montañas. Y aunque la mayoría vive del comercio o la agricultura, siempre hay un abuelo contando historias de Apacuana o de Cue, el aliado indígena que, según cuentan, ayudó a fundar este pueblo.
Si entras, verás que aquí la conversación fluye entre lo antiguo y lo nuevo: desde el Santuario de Betania hasta los moteles de la vía a San Casimiro. Los que vienen de fuera suelen preguntar por el mejor camino para llegar al club campestre, pero al rato ya están contando sus propias anécdotas de la zona. Y eso, al final, es lo que define a Cúa: no es un lugar de paso, sino de raíces que se clavan en el Tuy.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026