Sobre el chat de Barinitas
Bajo la sombra de la Cordillera Andina, donde las nubes se cuelgan como trapos viejos y el olor a café tostado se mezcla con el humo de las parrillas, está Barinitas. No es fácil llegar: la carretera serpentea entre cerros hasta que, de golpe, el valle se abre y aparece el casco urbano, pequeño pero orgulloso.
Por aquí los ríos bajan furiosos después de las tormentas —de ahí lo de «Cielo roto»— y las quebradas como Parángula o Los Panches se convierten en paseos obligados. Los sábados, en el Parque Moromoy, los viejos del pueblo se reúnen a hablar de los hermanos Arvelo Larriva mientras los niños juegan entre los árboles traídos de lejanas latitudes. Más arriba, en el páramo de Cerro Azul, aparecen fósiles marinos entre la niebla, recordando que este suelo fue fondo de mar hace millones de años.
La economía no da para muchos lujos: café y cacao son los únicos que resisten, y hasta el acueducto falla cuando llueve más de la cuenta. Pero eso no quita el orgullo. Aquí, donde el café sabe a tierra mojada y los poetas se sientan en las esquinas a recitar versos, la vida se vive a ras de suelo, entre charcos y promesas.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026