Sobre el chat de Quíbor
La Iglesia de Nuestra Señora de Altagracia, con sus muros barrocos y aire defensivo, lleva siglos siendo el corazón de Quíbor. Fundada por franciscanos en el siglo XVII, su reconstrucción del siglo XIX no le quitó ese aire de fortín en medio del valle larense. No es raro que los vecinos pasen frente a su fachada, ajena a los siglos, mientras el bullicio de la artesanía se cuela por sus calles.
Cuando cae enero, el tercer viernes la ciudad se viste para honrar a la Virgen de Altagracia, patrona de Quíbor. La tercera semana no es solo fiesta: el cuarto viernes, la Serenata a la Virgen llena las aceras de coplas y silencios. Febrero trae otro ritual: el Toro de La Candelaria, un toro de fuego que ruge entre chispas en honor a la Candelaria, y con él, el olor a pólvora y a tierra mojada.
Más allá de los calendarios, Quíbor es un valle que guarda huellas de quienes lo habitaron hace siglos. En el Museo Antropológico «Francisco Tamayo» se reproducen las piezas que los indígenas gayones dejaron en sus cementerios, como las ofrendas de cerámica y ámbar halladas en el Cementerio Las Locas. No hace falta ser arqueólogo para sentir que aquí el tiempo se mide en cosechas y en arte.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026