Sobre el chat de Villa de Cura
Bajo el sol que quema la sabana, Villa de Cura se asienta en un valle donde los antiguos ríos Curita, Tucutunemo y Las Minas dejaron su huella en el paisaje. La altitud de 526 metros en la iglesia matriz marca el ritmo de una tierra que respira historia entre petroglifos caribes y el legado de su fundación en el siglo XVIII. Aquí el tiempo parece detenerse entre el murmullo de los vientos que acarician los techos de tejas y el olor a barro cocido que flota desde los talleres de alfarería.
El corazón de la villa late en su centro histórico, donde la plaza Bolívar y su iglesia matriz —referencia altimétrica del pueblo— sirven de escenario a encuentros cotidianos. Los vecinos aún reconocen en la talabartería una tradición que se resistió al paso del tiempo, mientras las calles empedradas guardan el eco de épocas en las que esta tierra fue capital de estados enteros. Al caer la tarde, el aire se llena con el rumor del comercio local, que mezcla lo artesanal con lo necesario para una comunidad que nunca dejó de vivir de lo que produce.
Los que conocen La Villa saben que su esencia no está en los números —145.098 almas, 448 km² de extensión—, sino en detalles como el clima de sabana que achicharra los patios en el mediodía o cómo el sol se filtra entre las hojas de los aguacates, frutos que dieron nombre a este valle. Aquí no se habla de planes turísticos, sino de costumbres que se transmiten de generación en generación: desde la fabricación de riendas hasta la siembra en las riberas que antaño fueron ríos caudalosos.
Última actualización: 31 de agosto de 2026