Sobre el chat de Güigüe
Los güigüeños se reconocen al vuelo: hablan fuerte, ríen más alto y no se andan con rodeos. La calle aquí es su salón, desde las riberas del Lago de Valencia hasta las quebradas que bajan del valle de Nuestra Señora del Rosario.
Por las tardes, el aire se llena con el olor a arepa de maíz pilado que vende la señora Rosa en su puesto cerca de la quebrada Aguadita, mientras los muchachos juegan fútbol en la zona de El Trompillo, donde antes desembarcaban los emigrantes que llegaban a Puerto Cabello. Los ríos Güigüe y Noguera serpentean entre casas de techos rojos y paredes descascaradas, testigos mudos de más de tres siglos de historias.
En Güigüe no hay que buscar el bullicio: está en la esquina de cada barrio, en las colas de la panadería La Cruz o en las mesas de dominó que montan los abuelos bajo los árboles de la plaza del pueblo. Aquí la vida no se vive de espaldas al lago, sino con los pies en el agua y la vista puesta en las montañas que cierran el horizonte.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026