Sobre el chat de Lagunillas
Bajo el nivel del mar, entre lagunas y viejos palafitos quemados por el fuego petrolero de 1939, late Lagunillas: el único pueblo de Venezuela que respira por debajo del nivel del mar, a -8 metros. Aquí el lago de Maracaibo se comió tierra firme hasta que la Shell le ganó terreno con un muro al más puro estilo holandés, levantando sobre esas tierras ganadas la Lagunillas de Tierra que hoy conocemos. El incendio que arrasó los palafitos originales desplazó a sus habitantes a Ciudad Ojeda, pero dejó en el aire el eco de esa primera vida sobre las aguas, cuando los indígenas construían sus casas en pilotes sobre el lago.
Si paseas por la parroquia Venezuela —la capital de Lagunillas—, verás que el pueblo huele a petróleo y a salitre. Los viejos campos petroleros, ahora abandonados, son recordatorios de esa época en que el oro negro lo cambió todo. Pero también hay vida más allá de la explotación: los vecinos aún hablan del lago como algo propio, con sus barcas que se balancean entre islas de juncos y manglares, y de las lagunas que le dieron nombre, esas que en temporada de lluvias se desbordan y convierten los alrededores en un laberinto acuático.
En las tardes, cuando el sol se esconde tras el muelle, se escuchan historias de pescadores que conocen cada corriente del lago y de jóvenes que heredan el oficio de sus abuelos. Aquí no hay fiestas de San Benito ni platos que se repitan en otras partes: la esencia está en el silencio del atardecer sobre las aguas quietas y en el orgullo de ser el punto más bajo del país, donde hasta el cielo parece más cercano.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026