Sobre el chat de Anaco
Allí donde el olor a petróleo se mezcla con el aliento de los Llanos, Anaco levanta sus casas sobre una mesa de tierra roja. No es un pueblo cualquiera: su historia arranca en 1734, cuando los misioneros fundaron Santa Bárbara y Santa Ana de Anaco, dos nombres que aún resuenan en el imaginario local. Hoy, sus calles guardan el eco de esa mezcla de tradición y modernidad, con la industria petrolera —que llegó en 1942— y las costumbres traídas por los margariteños, que convirtieron el culto a la Virgen del Valle en una procesión única: la virgen viaja cada año en una barca iluminada, tirada por los vecinos más devotos.
La gastronomía aquí es un abrazo a la cultura: el tarkari, legado de los árabes, se sirve en casi todos los hogares, y en Navidad no faltan las tortas de almendras ni el pavo relleno. Los ríos Güario y Anaco serpentean por los alrededores, secos la mayor parte del año, pero suficientes para recordar que Anaco no es solo asfalto y torres petroleras. Al este, el Aragua lleva sus aguas hacia el Caribe, mientras que al oeste la sabana se extiende hasta perderse de vista.
Si buscas saber cómo se vive aquí, pregunta por el Ateneo de Anaco, en la Avenida Mérida, donde jóvenes aprenden a tocar el cuatro o el violín. O acércate en septiembre, cuando la ciudad se llena de música llanera y el aroma a maíz asado se mezcla con el del petróleo recién refinado. Aquí el tiempo no corre: se mide en misas cantadas, en barcas que avanzan entre aplausos y en tardes de conversación bajo el sol de los Llanos.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026