Sobre el chat de Coro
Allí donde el viento sopla con salitre y el polvo de los Médanos se mezcla con el murmullo del Golfo, Coro late entre dunas y casonas coloniales. La ciudad se acurruca a 17 metros sobre el mar, pero su alma está en el istmo que une Paraguaná a tierra firme: un desierto de arena fina donde los alisios tallan dunas que cambian de forma cada madrugada.
En las calles del casco histórico, el olor a chivo en coco —ese guiso que hierve horas en ollas de barro— se escapa de los restaurantes junto a la música de tambores corianos, un ritmo que retumba cada 30 de noviembre para anunciar las fiestas navideñas. Los paseantes se pierden entre fachadas de adobe y bahareque, donde las calles se tuercen sin aviso y las plazas guardan el eco de los Welser, esos mercaderes alemanes que dejaron su huella en el trazado irregular de la urbe.
Los corianos suelen decir que aquí hasta el dulce de leche sabe a sal. Para probarlo, nada como la feria popular del pesebre, donde los vecinos compiten en diciembre por el mejor nacimiento artesanal, y donde el licor de cocuy blanco brilla bajo el sol del Caribe en cada brindis improvisado.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026