Sobre el chat de Santa Bárbara
El cuatro y el arpa suenan fuerte en diciembre, cuando la fiesta de Santa Bárbara saca a relucir el alma barinesa. La devoción por la patrona se mezcla con el joropo, ese ritmo que late en el pecho de quienes crecieron entre los llanos y los ríos de la zona. Aquí no hace falta inventar tradiciones: la tierra ya trae su propia música de cuna, heredada de voces como la de Jesús Daniel Quintero, el Tigre de Matanegra, que le puso nombre a un estilo antes de que muchos lo conocieran.
Entre el olor a tierra mojada de la estación húmeda y el polvo de la seca, Santa Bárbara sigue siendo un cruce de caminos donde los mercados bullen con arroz, maíz y yuca recién cosechados. La ganadería deja su huella en la mesa —quienes la han probado saben que la carne de aquí tiene un sabor distinto—, y las calles conservan el eco de la historia de un pueblo que nació como La Comunidad del Horno en el siglo XVIII, cuando aún no se llamaba así. El Padre Adonay Noguera no solo levantó una parroquia, sino que le dio forma a lo que hoy es el corazón de la ciudad.
Lo único seguro en este pueblo es que, cuando cae el sol, alguien saca el cuatro y empieza a tocar. No importa si es en una casa del casco antiguo o en las afueras, cerca de los potreros: la música es el idioma que todos entienden. Y si te quedas hasta el 4 de diciembre, verás cómo la plaza se llena de color y de gaitas, sin que nadie tenga que explicarte por qué ese día es distinto.
Última actualización: 7 de septiembre de 2026