Sobre el chat de La Fría
Entre el calor sofocante que roza los 38 °C y el olor a tierra húmeda de la selva, en La Fría se vive la calle como un paseo entre el pasado y el presente. Los *frienses* —así se llaman sus habitantes— dejan los portales a la sombra de los árboles cuando el sol aprieta, pero en cuanto cae la tarde, el pueblo se llena de risas y murmullos bajo las luces de los negocios que aún recuerdan su época de gloria ferroviaria.
Los domingos, el aire huele a café recién colado y a arepas de maíz pilado, que se comen en las mesas de madera de los *ranchos* junto al río que cruza el pueblo. Por las calles polvorientas, entre casas de paredes descascaradas y faroles de hierro oxidado, se oyen historias de cuando el ferrocarril unía esta zona con los mercados de Táchira; hoy, ese legado se respira en cada esquina, aunque el tren ya no pase.
La gente aquí no espera a que llegue una fiesta para salir a la calle: basta con que alguien toque una *cuatro* o que el sol se esconda tras el cerro para que las aceras se llenen de niños corriendo, adultos jugando domino y jóvenes contando chistes con ese acento cantadito que solo tienen en estos valles calientes.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026