Sobre el chat de Puerto Ayacucho
En Puerto Ayacucho la vida se mide por el olor a humedad del Orinoco y el rumor de los raudales de Atures que te acompañan desde el amanecer. Los ayacuchanos, acostumbrados al clima monzónico y a la tierra rocosa que ahoga cualquier intento de agricultura, saben que su supervivencia siempre pasa por lo que llega de otros lugares: el ganado de los Llanos, el comercio que cruza el río desde Casuarito o los talleres donde se procesan los productos del bosque. Por las tardes, cuando el calor cede un poco, las calles se llenan de voces que mezclan el acento llanero con el ritmo pausado de la selva.
Allí no hay plazas que se llamen igual que en cualquier otro pueblo venezolano, pero sí se habla del caucho y el chiquichique como los viejos oficios que alguna vez sostuvieron a la ciudad, antes de que los aserraderos y los telares se convirtieran en el latido económico. La gente cruza el río en lancha para comerciar con Colombia o se reúne junto a los raudales, donde el agua salpica con fuerza pero nunca llega a ahogar las conversaciones.
Los que aquí nacieron te dirán que el Orinoco no es solo un río, es el vecino más cercano y el que marca el ritmo de cada día. Y aunque la tierra no dé frutos, la gente sí: aquí se vive con la certeza de que, entre el barro y el comercio, siempre hay un hueco para reírse.
Última actualización: 5 de septiembre de 2026