Sobre el chat de Young
La calle de Young huele a tierra húmeda después del invierno y a humo de asado los domingos. Los jóvenes —younguenses—, de trato directo y paso tranquilo, se cruzan en la esquina de las rutas 3 y 25 sin prisa; aquí hasta el tráfico sabe a campo. Por las tardes, el bullicio se concentra en los bares cercanos a la estación de trenes, donde el pasado ferroviario aún se palpa en los viejos andenes de madera. No es raro ver a un grupo de amigos tomando un mate frente al edificio de Claldy, la empresa láctea que agrupa a más de cien productores de la zona, o comentando el último partido en la cancha del club local. La gente no se esconde tras pantallas: en Young, la vida se vive en la vereda.
El alma del pueblo late en lo práctico. Los semilleros de COPAGRAN almacenan granos en silos que brillan bajo el sol del oeste uruguayo, y en las afueras, los citrus de los montes cercanos se cosechan con manos acostumbradas a la faena. Pero hay un detalle que marca a los younguenses: el rancho Los cuatro vientos, aquel donde los hermanos Colman echaron raíces en 1837, sigue siendo referencia en las charlas. Si preguntan por tradición, ahí está la escuela Domingo Arce —fundada por el inspector Vareliano que le dio nombre— o el polo agroindustrial que procesa millones de litros de leche al año. No hacen falta discursos: la identificación con el lugar se nota en cómo hablan de su tierra, sin exagerar.
Para quien llega de fuera, Young puede parecer un pueblo cualquiera del interior, pero tiene su propia cadencia. Los atardeceres en la cuchilla de Haedo pintan el cielo de tonos ocres, y al caer la noche, las luces de los galpones forestales se mezclan con las estrellas. Si buscas hablar de algo concreto —el clima, la economía local, las anécdotas del pueblo—, aquí encontrarás a alguien que sabe de qué va. La sala no es un escaparate, sino un espejo: cuando entres, verás a la gente de Young tal como es.
Última actualización: 22 de septiembre de 2026