Sobre el chat de Ticul
Desde que el sol asoma sobre las llanuras de Yucatán, Ticul se despereza entre el verdor de los montes bajos y la brisa que trae el olor a barro recién trabajado. Aquí, entre los 20 metros de altitud que marcan el inicio de la Sierra Alta, el tiempo parece ir al ritmo de los talleres de alfarería y de las suelas que se moldean en las fábricas de calzado. A 85 kilómetros de Mérida, por la federal 184 que serpentea entre Muna y Oxkutzcab, se asienta esta ciudad que los locales llaman cariñosamente «La Perla del Sur».
Pasear por sus calles es toparse con el pasado colonial en forma de capillas como la de San Enrique o la de San Juan, mientras que el ex-convento de San Antonio de Padua sigue siendo testigo silencioso de siglos de historia. Cada septiembre, la fiesta en honor a san Román atrae a quienes buscan la mezcla de devoción y jolgorio, y en octubre, el Santo Cristo de las Ampollas congrega a los devotos en una tradición que no pierde fuerza. Más allá del casco urbano, en barrios como Centro o San Román, la vida cotidiana se rige por el ritmo de las comisarías: Pustunich, con su templo de la Asunción que recibe visitas masivas en agosto, y Yotholín, donde la iglesia de San Buena Ventura guarda el eco de lo que fue.
Si algo define a Ticul es su capacidad para sorprender a quien se adentra en ella sin prisas. No hace falta buscar grandes monumentos ni playas lejanas: aquí el atractivo está en lo cotidiano transformado por la mano del artesano o del agricultor. El Palacio Municipal y la hacienda Tabi, con su casa principal, son solo el marco de una ciudad que late al compás de sus dos industrias más reconocidas: el calzado y la cerámica. Y entre bares y plazas, siempre queda espacio para hablar de Chabelita, ese lugar que muchos identifican como un rincón imprescindible entre las calles de la ciudad.
Última actualización: 20 de septiembre de 2026