Sobre el chat de Tánger
Bajo el sol que doraba las aguas del Estrecho, Tánger se extiende como un lienzo entre el Atlántico y el Mediterráneo. La ciudad trepa por laderas que caen sobre la bahía de más de siete kilómetros, donde el puerto de cargas y el pesquero se mezclan con el bullicio de la marina. Más allá de la costa, el Cabo Espartel marca el punto donde las dos aguas se funden, y las Grutas de Hércules guardan el eco de leyendas que atrajeron a viajeros como Delacroix y Burroughs.
En el corazón de la ciudad, la plaza 9 de abril late como un salón al aire libre. Allí, la Alcazaba de Tánger custodia siglos de historia entre sus muros, mientras el Museo de la Alcazaba exhibe cerámicas y objetos que hablan del pasado multicultural. La gran mezquita, junto al Museo Dar El Mandoub, recuerda la convivencia de credos que hizo de Tánger un faro para artistas y escritores.
Por las tardes, el aire huele a salitre y a té de menta. En los cafés de la medina, las conversaciones fluyen entre el murmullo de las olas y el eco de las conversaciones en árabe, bereber y español. Quien llega aquí no busca solo un lugar, sino un cruce de caminos donde el pasado y el presente se rozan sin prisa.
Última actualización: 26 de septiembre de 2026