Sobre el chat de Brión
Entre la espesura del valle de la Amaía, donde el río Sar serpentea entre aldeas de piedra y hórreos centenarios, Brión guarda rincones que parecen sacados de un verso. Bastavales, con sus casas de pizarra y su aire quieto, es una de esas parroquias donde el tiempo se mide por las campanas de la iglesia y el aroma a pan recién horneado los domingos por la mañana. Quien pasea por estas tierras no necesita más excusa que el silencio roto por los pájaros y el rumor del agua para entender por qué aquí la vida se vive despacio.
El Alto del Queixal, que se alza a 519 metros sobre el nivel del mar, marca el límite entre Brión y los municipios vecinos. Desde su cima, en días despejados, se ven las siluetas de Compostela y la ría de Muros y Noia. No es raro encontrar a vecinos que suben a recoger hierbas o a observar el vuelo de las águilas pescadoras sobre el Tambre, un río que traza la otra mitad del municipio, más bravo en invierno y con aguas que arrastran historias de molinos ya olvidados.
Las calles de Brión no son anchas ni iluminadas como las de una ciudad, pero cada una tiene su propio encanto. En Os Ánxeles, por ejemplo, la casa de los señores del lugar —ahora convertida en escuela rural— aún conserva en su fachada los escudos de piedra que delatan su pasado señorial. Y si preguntan por el mejor sitio para probar un lacón con grelos en otoño, más de uno señalará hacia la taberna de la plaza, sin darle mayor importancia: allí se sirve como siempre se ha hecho, sin prisa y con el vino de la tierra en la mesa.
Última actualización: 13 de septiembre de 2026