Sobre el chat de Sicuani
Sobre los 3.500 metros, donde el aire se corta al respirar, Sicuani se extiende entre la puna y los valles del Cusco. Las noches de invierno son tan gélidas que el termómetro baja hasta los -2 °C, pero bajo ese frío late una ciudad que nació con el nombre de Sicuyani en tiempos incas y que los españoles registraron como Chicuana. Aquí no hay mar que acune la mirada, sino montañas que abrazan el horizonte y un cielo que, al atardecer, se tiñe de tonos que los cronistas describieron hace siglos.
La plaza principal guarda más que banderas: en ella fue ejecutado Mateo Pumacahua tras la Rebelión del Cusco, y dos años antes, en Tinta, su cercanía a Túpac Amaru marcó la historia. Pero Sicuani no es solo pasado rebelde; es también un lugar donde el frío obliga a moverse con determinación y donde la gente se recoge temprano, como si el peso de los 3.548 metros sobre el nivel del mar exigiera ahorrar energías. Aquí se siente la vida en la puna, con sus colores intensos y su gente acostumbrada a caminar entre el hielo y el sol.
Quien llega por primera vez suele preguntarse cómo se vive en un sitio donde el invierno muerde los huesos. La respuesta está en la forma de hablar, en los platos que calientan por dentro y en las calles anchas que dejan espacio para el viento. No hay mar que visite, pero sí montañas que protegen, y un cielo que, al amanecer, parece hecho de cristal roto. Eso es Sicuani: frío por fuera, cálido por dentro.
Última actualización: 16 de septiembre de 2026