Sobre el chat de Santa Catalina
Los cataleños no necesitan mucho para pasarlo bien: un atardecer en la ensenada de Galerazamba, un trago de agua de coco recién cortada o la sombra de un manglar. Aquí la calle no es solo un camino, es el salón donde se cruzan historias de pescadores, comerciantes y turistas que llegan buscando el ritmo lento del Caribe. En la plaza, los abuelos juegan dominó mientras los niños corretean entre las motos aparcadas, y al caer la tarde el olor a pescado frito se mezcla con el salitre.
La gente de Santa Catalina no es de muchas palabras, pero cuando hablan es para contar algo que merece la pena. El trato es directo, sin rodeos, porque el tiempo aquí se mide por el sol y las mareas. Lo que sí tienen claro es su orgullo por la ensenada —la que casi llevó a fundar una ciudad en el siglo XVI— y por la memoria de la india Catalina, raptada por Diego de Nicuesa y que aún se recuerda en leyendas que pasan de generación en generación.
Por las noches, cuando la brisa trae el rumor de las olas, los más jóvenes se reúnen cerca de la costa para hablar de lo que sea: del último partido de fútbol, de la próxima feria o de ese plato que solo se sirve en temporada. Porque aquí, aunque el pueblo sea pequeño, la vida no se detiene.
Última actualización: 15 de septiembre de 2026