Sobre el chat de San Juan de Urabá
Los sanjuaneros no tienen prisa. La vida fluye entre el rumor del mar Caribe y el paso lento de los cangrejos que cruzan los caminos de tierra. Aquí, en las veredas del Urabá, el día se mide por el sol que quema la piel y por las risas que se elevan cuando el viento trae el aroma a pescado frito desde la playa de Damaquiel. No hay prisa ni para comer el cangrejo al ajillo que aquí se sirve como en ningún otro sitio, ni para perderse entre los manglares del corregimiento, donde las raíces retorcidas de los árboles se clavan en la ciénaga como testigos mudos de siglos de historias.
Las calles de la cabecera municipal —pequeñas, de casas de madera con techos de palma— respiran esa mezcla de tradición paisa y salitre caribeño. Por las tardes, el río San Juan arrastra historias de pescadores y de mujeres que venden coco rallado en las esquinas. No faltan los niños corriendo descalzos hacia las playas de Uveros, donde el polvo blanco se mezcla con huellas de cangrejos ermitaños, ni los mayores que se reúnen a hablar de las fiestas patronales de San Juan de la Cruz, donde la música de acordeón y los versos de juglares llenan las noches de agosto.
Cuando cae el sol, el volcán de lodo de la vereda Sabanilla atrae a los más curiosos. No es un espectáculo, sino un recordatorio: San Juan de Urabá no se visita, se vive. Y si quieres saber cómo es el amanecer desde el cerro de Zumba —con el mar teñido de oro y el silencio solo roto por el canto de las gaviotas—, aquí encontrarás a alguien que te lo cuente entre risas y anécdotas mientras compartimos un plato de pescado a la parrilla en la plaza.
Última actualización: 16 de septiembre de 2026