Sobre el chat de Carepa
Carepa huele a banano maduro y a tierra húmeda de Urabá, ese rincón donde el río se enreda entre fincas y el cerro de la cruz vigila el atardecer. Aquí no hay que buscar mucho para encontrar el sabor de lo auténtico: en diciembre, la Fiesta del Papagayo y el Retorno pone las calles a bailar con el nombre que le dieron los emberá, ‘papagayo’, y que hoy es orgullo local. Entre el embarcadero de Zungo y el corregimiento de Piedras Blancas, el ritmo lo marca la exportación bananera que define el día a día, pero también esas tradiciones que se heredan sin prisa.
La gente de Carepa no necesita presentaciones: vienen de Cañasgordas, Frontino o Dabeiba, atraídos por suelos fértiles y una forma de vivir que mezcla el esfuerzo del campo con el calor de los fandangos. El plátano, la yuca y el maíz no solo llenan los mercados; son el hilo que teje historias en las veredas. Y cuando cae el sol, el río Carepa arrastra conversaciones que empiezan con un café en la plaza y terminan en planes para la próxima fiesta, ya sea el 20 de julio o esos días de noviembre donde San Pacho se roba el protagonismo.
Si buscas algo concreto, aquí se habla de lo que importa: de las bases militares que llegaron hace años y se quedaron, de los gallos que crían con esmero en las afueras, y de ese cerro que parece una cruz clavada en el paisaje. No es un pueblo de postales bonitas, sino de gente que trabaja, celebra y comparte sin necesidad de etiquetas.
Última actualización: 16 de septiembre de 2026