Sobre el chat de Montecarlo
Entre los bosques de pinos y las riberas del Paraná, donde el alemán aún se escucha entre risas, nació Montecarlo. La fundó en 1920 Carlos Culmey, un empresario que soñó con una colonia protestante junto al agua, frente a Paraguay. Sus primeros habitantes llegaron de Brasil y luego de Baden-Wurtemberg, trayendo consigo semillas de orquídeas y el oficio de trabajar la tierra. Hoy, la ciudad respira en cada rincón ese aire de pioneros que convirtieron el monte en huertas y talleres.
La yerba mate es la reina aquí. No es solo un té: es industria en cooperativas como la Agrícola Mixta, donde se tuestan las hojas hasta convertirlas en las marcas Aguantadora o Sinceridad. Los molinos no solo procesan, explican el proceso; si pasas por alguno, verás de cerca cómo la mandioca y los cítricos también acaban en sacos listos para el mercado. Y no olvides el río, testigo mudo de ese Paraná que siempre ha sido frontera y puente.
Montecarlo huele a madera y a humo de asado los domingos, cuando las familias se reúnen alrededor de la parrilla. Los alemanes que llegaron no trajeron solo herramientas, sino costumbres que hoy se mezclan con el mate y el chipá. Si buscas saber por qué aquí la orquídea es un símbolo, pregunta; alguien te dirá que no hay otra ciudad donde crezcan en cada jardín público y en los balcones de las casas.
Última actualización: 19 de septiembre de 2026