Sobre el chat de Apóstoles
Los apostoleños no se esconden: la calle mayor aquí es la yerba que humea en cada rincón. No hay que buscarla demasiado; basta con asomarse a la ruta 1 o a la estación del Ferrocarril Urquiza para verla secarse al sol en los secaderos. La gente del lugar —mezcla de criollos, polacos y ucranianos— habla fuerte y se saluda con apodos que van de Chango a Wasyl, según quién te cruce. El centro no es una plaza cualquiera, sino el cruce donde la ruta 10 se traga la vida comercial: bancos, despachos de té y hasta algún almacén con olor a madera quemada de los bosques cercanos.
Más que un pueblo, Apóstoles es un motor de yerba: los camiones cargados de hoja verde pasan de madrugada por la ruta provincial 201, rumbo a Colonia Liebig o a las fábricas de Posadas. Al caer la tarde, en el barrio Estación Apóstoles —ese pueblo aparte unido por la vía del tren— los motociclistas se reúnen antes de salir a la ruta, porque aquí hasta el asfalto sabe a aventura. Y si algo define este lugar es el mate: no falta un fogón en alguna pulpería donde se sirve caldo de pava mientras se habla de la última cosecha de té o de los inviernos crudos que helaron los naranjos.
Pero Apóstoles no es solo trabajo: cada año, cuando el invierno empieza a aflojar, la ciudad se viste de fiesta con la Fiesta Nacional e Internacional de la Yerba Mate. Allí, entre stands de semillas y talleres de cosecha, la yerba no es un producto, sino un símbolo que atrae a productores y curiosos de todo el país. Y si algún forastero pregunta por el monte, le dirán que está ahí mismo, detrás de los secaderos, donde los eucaliptos crecen más altos que los ombúes.
Última actualización: 9 de agosto de 2026