Sobre el chat de Monsefú
Entre las dunas de Santa Rosa y la campiña regada por la Acequia Grande, Monsefú respira un aire donde la tierra y el mar se mezclan sin estridencias. No hay ríos que la atraviesen, pero el Reque hace crecer sus cultivos justo donde la ciudad se funde con el desierto: aquí el paisaje no se anuncia, se vive.
La Acequia Grande lleva décadas repartiendo agua entre las chacras, mientras al norte las colinas de Poncoy y Valle Hermoso rompen la planicie. No son grandes montañas, pero bastan para que los atardeceres sobre esos cerros dibujen sombras largas sobre los campos de maíz y frijol. Cuando sopla el viento del mar, las dunas de Santa Rosa se convierten en un espejo movedizo que refleja el cielo.
Quien llega a Monsefú suele quedarse por algo más que el paisaje: por el sabor del *chinguirito* o por el ritmo de sus fiestas. Aquí la gastronomía no es un simple plato, es un legado que se sirve en las mesas sin etiquetas. Y en las calles, cuando el calendario marca su hora, el pueblo entero se vuelca en celebraciones que huelen a tradición.
Última actualización: 16 de septiembre de 2026