Sobre el chat de La Ceja
Setenta mil litros de leche al día se ordeñan en La Ceja, pero aquí no se habla de números sino de paseos entre los invernaderos donde crecen clavelinas y tulipanes que luego se marchitan en los floreros de medio país. La gente del pueblo —los cejeños— tiene fama de tranquila pero con carácter, y eso se nota cuando el sol cae sobre la plaza principal y las mesas del toldo se llenan de natillas y arequipes que se untan con pan de yuca recién horneado.
En agosto saltan las fiestas del toldo, las bicicletas y las flores: no hace falta saber el día exacto, porque cuando llega el mes se huele a feria en el aire, con las calles olorosas a clavel y el sonido de las ruedas de bici recorriendo el casco urbano. Los más viejos aún murmuran del Valle de Santamaría, ese valle fértil que los españoles vieron en el siglo XVI y que hoy sigue dando tomate de árbol y café caturro, pero los jóvenes solo hablan de la última cosecha de aguacate que ya va camino de Estados Unidos.
Si te gusta el trato cercano y los sabores que se heredan de padres a hijos, aquí cada charla puede terminar en una invitación a probar un chocolate manjar que se derrite en la boca o en un chisme sobre la última hornada de panelitas que se vendió antes del mediodía en la pastelería de la esquina.
Última actualización: 18 de septiembre de 2026