Sobre el chat de Ilo
La brisa del Pacífico barre el malecón mientras los ilenos pasan por delante del antiguo muelle, donde el olor a salitre se mezcla con el polvo del desierto. Aquí el clima no perdona: el sol quema en enero y en julio el viento levanta arena hasta tapar el horizonte, pero la gente sigue su ritmo al margen del termómetro. Los de Ilo no son de quedarse quietos; caminan rápido por la calle comercial o se sientan en las veredas a tomar un refresco helado después del almuerzo, cuando la temperatura baja a esos 18 grados que marca el mercurio casi todo el año.
En las afueras, cerca de La Cruz en El Algarrobal, los arqueólogos encontraron una de las momias chinchorro más antiguas del Perú: un hombre enterrado boca abajo hace miles de años, envuelto en esteras con la espalda cubierta de pelo. Esa huella del pasado convive con el ruido de los camiones que descargan pescado fresco en el puerto, donde los barcos llegan cargados de corvina y lenguado que luego se sirven en los restaurantes del centro. Si pasas por la plaza del pueblo, fíjate en cómo los mayores señalan el río Osmore mientras hablan de los tiempos en que los chiribayas sembraban sus campos antes de que los españoles levantaran San Gerónimo de Ylo.
La calle principal no tiene nombre rimboso, pero todos saben que ahí está el mercado donde venden las humitas de choclo envueltas en hoja de plátano, o la panadería que amasa el pan de yuca que se moja en el café de la mañana. Los de Ilo no se complican la vida: van al trabajo temprano, almuerzan un plato de sopa de mariscos en algún puesto callejero y al atardecer se reúnen en el malecón a ver cómo el sol se esconde tras Punta Coles, dejando el mar teñido de rojo.
Última actualización: 16 de septiembre de 2026