Sobre el chat de Hatonuevo
Entre los arroyos El Pozo y Gritador, donde el molinero Blas Amaya levantó el primer caserío en 1840, la gente de Hatonuevo vive con el calor pegajoso de la tierra guajira, que aquí supera los 34 grados a la sombra. Los hatonueveros se reconocen por su trato cercano y la costumbre de dejar las puertas abiertas, como si el pueblo entero fuera una sola casa. En la calle no faltan los toldos de techos de palma ni las sombras alargadas de los árboles de mango al mediodía, cuando el sol quema sin piedad.
Lo auténtico de este pueblo, a 87 kilómetros de Riohacha, es su mezcla entre la cultura wayúu y la de los colonos que llegaron siguiendo el cauce de los arroyos. Aquí no se habla de plazas ni de mercados con nombres genéricos, sino de la vida que fluye junto a esos cursos de agua que en época de lluvias se llenan de voces y risas. La gente se junta dondequiera, en las esquinas o bajo los árboles más frondosos, para comentar las novedades o simplemente pasar el rato.
El arroyo Gritador debe su nombre a los sonidos que resuenan entre las rocas cuando el viento sopla fuerte sobre la Serranía del Perijá. Es uno de esos detalles que hacen de Hatonuevo un lugar especial, donde hasta los elementos naturales tienen su propia historia. Si pasas por aquí, siéntate un rato en cualquier rincón sombreado y escucha: quizá te cuenten cómo el pueblo sobrevivió entre esas montañas y esa tierra árida que, contra todo pronóstico, se volvió fértil.
Última actualización: 15 de septiembre de 2026