Sobre el chat de Garzón
Bajo el calor de 24 grados que regala Garzón, donde el Magdalena arrastra historias entre montañas y llanuras, este pueblo huilense guarda un secreto en sus platos. No es solo arroz blanco con pollo desmechado y bechamel, sino el arroz tapado, plato insignia que aquí se sirve como se debe: humeante, con champiñones que asoman entre los granos y papas fritas que crujen al primer bocado. La tradición lo manda así, sin prisa y sin adornos innecesarios, como mandan las cosas en estos valles donde el café no solo se cultiva, sino que se vive.
Al otro lado del municipio, donde la cordillera se aplaca y deja paso a la llanura semiárida del Llano de la Virgen, la tierra se resiste a ser dócil: sequías cortas y pastos duros que alimentan ganado de razas robustas. Es la otra cara de Garzón, la que no muchos ven desde el centro urbano, donde las trilladoras de café ronronean al amanecer y los talleres de fique en La Jagua trabajan el material con manos curtidas. Aquí, la economía no se escribe en avisos, sino en el olor a grano tostado que impregna las calles al caer la tarde.
Si buscas quién sabe de esto, entra y pregunta. No hay que ser experto en arroz tapado ni ganadero para charlar; basta con curiosear cómo se hace el tamal huilense en las casas del corregimiento de La Jagua o por qué el estadio que estrenarán pronto será el más grande del Huila. Aquí la conversación fluye igual entre quienes sudan en el campo que entre los que prefieren el frescor de la región central, entre bosques maderables y sabanas que parecen pintadas. Solo se necesita ganas de hablar de lo nuestro.
Última actualización: 15 de septiembre de 2026