Sobre el chat de El Bagre
El Bagre huele a humedad y a oro viejo cuando el río Nechí se desborda entre la selva baja de Antioquia. Aquí el calor no es bochorno pasajero, sino un invitado permanente que se cuela por los callejones de tierra y se mezcla con el polvo de las minas. A orillas del Tigüí —ese afluente traicionero que arrastra leyendas y pepitas—, los bagreños se reúnen como lo han hecho siempre: con las manos aún sucias de tierra o con la lámpara de carburo colgando del hombro.
La Virgen del Carmen tiene su fiesta en julio, cuando el pueblo se viste de blanco y rojo para sacarla en procesión hasta las barcazas ancladas en el Nechí. No es solo devoción: es la excusa perfecta para comer arroz con coco y pescado de río mientras alguien rasga una guitarra detrás de las casuchas de tablas. Cuando cae la noche, el pueblo se ilumina con faroles de gasolina y el eco de las coplas que hablan de corralejas y de hombres que vuelven con las manos llenas de metal.
Más al sur, en las serranías de San Lucas, la gente habla de otro oro: el que no se ve, el que se esconde entre los árboles y los rumores. Allí, los bagreños cultivan arroz en las vegas inundables y pescan bocachico con nasas que tejen a mano. Si pasas por la carretera que va a Caucasia, fíjate en las tiendas de campaña junto a los socavones: no son turistas, son mineros que esperan su turno con la paciencia de quien sabe que la tierra aquí siempre guarda algo.
Última actualización: 16 de septiembre de 2026