Sobre el chat de Cativá
Los cativaleños no necesitan más que cruzar la calle para saber de su vecino: aquí la vida se vive en el umbral de las casas, entre risas que se cuelan por las ventanas y el olor a pescado frito que baja de los balcones en horas de calor. No es el bullicio de Colón capital, ni el ajetreo de los muelles; es otra cosa: el ritmo lento de quien sabe que la prisa no es amiga de nadie cuando el mar está cerca. Por las tardes, los chicos juegan al fútbol en la cancha de tierra del barrio de Nueva Providencia, y los mayores se sientan en sillas de plástico a contar historias de cuando el corregimiento aún no estaba tan pegado a la mancha urbana de la ciudad.
La fiesta más conocida de Cativá no es de farol, sino de tradición: cada 12 de octubre, el barrio de Sabanitas se llena de música de gaita y el olor a lechona asada se mezcla con el humo de los fogones. Allí no hay reinas ni desfiles, solo familias que comparten mesa y vecinos que bailan sin importar la hora. Y si te acercas al mercado de la calle principal, el sabor del *pollo en salsa de coco* te deja claro que aquí la gastronomía no es un adorno: es un ritual. Eso sí, no busques platos sofisticados; piden lo que el mar y la tierra les dan con generosidad.
Lo que sí tiene Cativá, y no todas las zonas de la provincia, es ese aire de pueblo que aún respira sin más pretensión que la de ser. Por las mañanas, el río Cativá —que da nombre al lugar— arrastra historias viejas entre sus aguas, y por las noches, las luces del área metropolitana de Colón se ven como un espejismo al otro lado de la carretera. Aquí no hay prisa por ser moderno; se prefiere ser auténtico, aunque eso signifique que el internet llegue a veces por temporadas.
Última actualización: 13 de septiembre de 2026