Sobre el chat de Álora
Álora se desparrama por las laderas del Valle del Guadalhorce, con el castillo árabe vigilando desde lo alto como si aún le debieran algo a los Reyes Católicos. Las calles sinuosas guardan siglos de historia entre muros encalados y balcones de madera, pero el pueblo late con el ritmo de sus fiestas: la Semana Santa aquí no es cosa de dos procesiones, sino de catorce, y cada una baja por su calle como si el tiempo se detuviera en el recorrido.
Si te sientas a la mesa, el plato que pide la gente es la sopa perota, un caldo espeso donde flotan trozos de pan duro y verduras de la huerta, mejor si le echas un chorro de vino y un par de naranjas de la zona. Los más golosos buscan el helado de avellana, esa granizada que quita el calor en agosto y que en la feria se sirve con churros al lado como si fueran uno solo. Pero no todo es comer: el agua del Guadalhorce baja fresca entre huertos, y en las afueras los barrancos invitan a perderse entre escaladores y senderistas que saben que el paisaje aquí no se parece a ningún otro.
Los que vienen de fuera suelen llevarse la foto del Cristo de los Estudiantes bajando por la calle Ancha, pero los de casa saben que la Virgen de los Dolores en Santa Ana es la que enciende las miradas. Después, cuando cae el sol, la gente se junta en el campo de fútbol de Nuestra Señora de Flores o en el polideportivo, donde el deporte no es un hobby, sino una religión. Aquí no se habla de fútbol como en otros sitios: se vive.
Última actualización: 19 de septiembre de 2026