Sobre el chat de Tepoztlán
En Tepoztlán no hay prisa por llegar a ningún lado cuando el sol se queda quieto sobre los cerros. Los tepoztecos —de paso tranquilo y trato directo— se saludan por la calle como si llevaran años sin verse, aunque sea la primera vez del día. Las aceras del centro se llenan de puestos que huelen a masa recién hecha; entre ellos, los itacates crujen sobre el comal mientras se eligen rellenos de tinga o flor de calabaza, y los tlacoyos, dorados, esperan su turno junto a los nopales.
Más allá de la plaza, donde la gente se sienta a comer mole de guajolote o tacos acorazados entre risas, el aire trae el rumor del monte. No es cualquier cerro: el Tepozteco, con su pirámide en la cima, vigila desde lo alto y marca el ritmo de la vida aquí. Los domingos, el pueblo parece respirar más despacio; las familias pasean por el mercado o suben hacia el templo, donde la luz se filtra entre las tejas rojas y el olor a comida se mezcla con la tierra mojada.
Lo que más sorprende es cómo se vive la calle sin etiquetas: el que va a comprar a la abuela un mole rojo, el que se sienta en un banco a ver pasar el tiempo, el que come un itacate de pie mientras charla con el vecino. Aquí no hace falta inventar nada; basta con dejarse llevar por el olor a leña y chile que se escapa de las cocinas.
Última actualización: 21 de septiembre de 2026