Sobre el chat de Teopisca
Los teopiscas son gente de calles anchas y aire fresco, donde el ritmo lo marca el comercio y el ir y venir de quienes trabajan entre la ciudad y los pueblos cercanos. Aquí no hay que buscar mucho para que alguien te cuente cómo el nombre de su pueblo —que en náhuatl significa "Dios de la cosecha"— le recuerda a su abuelo abriendo la milpa al amanecer. Las aceras son más bien andadores que se llenan al caer la tarde, cuando los comercios cierran y los vecinos se quedan en las esquinas hablando de lo que viene: más proyectos en la ciudad o el último viaje al río Ostuta, que lleva ese nombre desde antes de que el pueblo se llamara Teopisca.
La economía tira de turismo y servicios, y se nota en los edificios nuevos que asoman entre el verde de los Altos. No es raro cruzarse con visitantes que llegan atraídos por el ecoturismo o porque esta ciudad, a menos de dos horas de San Cristóbal y Comitán, se ha convertido en escala obligada. Lo que sí es seguro es que, si preguntan por el origen, les dirán que sus primeros pobladores llegaron huyendo de una epidemia y que, cuatro siglos después, siguen construyendo algo que huele a tierra mojada y a café recién molido.
Por las mañanas, el olor a pan recién horneado en las panaderías del centro se mezcla con el ruido de las motos que llevan a los comerciantes a los mercados de la ciudad. Aquí la vida no se detiene: ni cuando el sol pega fuerte en la plaza, ni cuando la noche trae el fresco de la montaña. Si pasas por Teopisca, quédate un rato en la calle; al rato, alguien te contará por qué este pueblo tiene ese aire de pueblo grande que aún no lo es del todo.
Última actualización: 24 de septiembre de 2026