Sobre el chat de Otero de Rey
La Torre de Sobrada, en ruinas desde el levantamiento irmandiño, sigue siendo el símbolo que todos reconocen al pasar por Santa María Magdalena de Sobrada de Aguiar. Aunque su piedra habla de un pasado de fortaleza, hoy es solo un recordatorio de cómo el tiempo borra lo que un día fue poder: su dueño, Fernán Pérez de Ribadeneira, la mandó construir en el siglo XV sobre otra edificación anterior, antes de que los irmandiños la derrumbaran en 1467. Menos de lo que fue, pero más de lo que parece.
Otero de Rey huele a tierra llana y a inviernos fríos en la Terra Cha, esa meseta lucense donde el paisaje se aplana como un mantel mal doblado. Aquí no hay montes que escondan pueblos, sino valles fluviales que se abren paso entre losas paleozoicas, mientras la autovía del Noroeste corta el municipio como un cuchillo limpio. La N-VI, antes de ser desdoblada, era el camino de los que pasaban de Lugo a Castro de Rei sin detenerse; ahora solo queda el rumor de los camiones y el olor a asfalto quemado en verano.
Si alguien pregunta por qué este pueblo merece una sala de chat, basta con mencionar la Torre de Sobrada para que asientan con la cabeza. No es un lugar de paso, pero tampoco de quedarse; es un sitio donde la gente se saluda en la plaza o en la puerta de la iglesia, y donde el silencio de la noche solo se rompe con el viento que baja de la meseta. Aquí no hay prisa por hablar, pero cuando alguien entra en la sala, suele contar algo de la tierra que pisan sus pies.
Última actualización: 17 de septiembre de 2026