Sobre el chat de Meco
Meco se recorta en el horizonte como un pueblo de adobe y piedra, clavado en la Campiña del Henares. Aquí el paisaje no engaña: se extiende ante ti como un tablero de secano, con el Henares serpenteando al este y los cerros de la Alcarria cerrando el telón al fondo. Las casas se apiñan en la calle Mayor, algunas con escudos que aún guardan el orgullo de antiguas familias, y de lejos destaca la silueta de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, un faro de piedra mudéjar y barroco que lleva siglos marcando el paso del tiempo.
Lo que más sorprende es el silencio que envuelve el casco antiguo, roto solo por el viento entre los cipreses del vía crucis o el tañido de las campanas de la ermita del Cristo del Socorro. Los mayores aún recuerdan cuando los rebaños de ovejas y cabras bajaban al pueblo al atardecer, y aunque el polígono industrial de la R-2 ha traído otra economía, el olor a pan recién horneado —herencia de sus días de granero de Alcalá— sigue colándose por las calles.
Si te gusta el contraste entre lo rural y lo industrial, aquí lo vives sin filtros. No es un decorado: es un pueblo que respira su propia historia entre las eras del trigo y los hangares de la A-2. Pero no te quedes solo con lo que se ve: en esta sala hablamos de lo que hace único a Meco, sin adornos.
Última actualización: 7 de septiembre de 2026