Sobre el chat de Calkiní
Calkiní no es un pueblo que se esconda: se ve venir por el sol que quema el asfalto cuando el viento se calma. Los calkinis —así se les nombra al gentío de por aquí— salen a la calle como si el día fuera una fiesta que no pide permiso. No hay que buscar mucho para entender por qué: la tierra es baja, la humedad se pega a la piel y hasta el nombre del lugar lo grita a gritos, ‘Garganta del Sol’, como si el astro se colara por algún recodo de la memoria maya.
La vida aquí se vive en lo pequeño pero con orgullo. En la Plaza Principal, que en otros sitios llamarían de Armas o de la Constitución, los más viejos se sientan a hablar de cuando la plaza aún olía a pan recién hecho del horno de leña. Y cuando cae la tarde, el aire se llena con el sonido de las cucharas contra los platos de panuchos o de los tacos de cochinita que se venden en los puestos callejeros. No es raro ver a alguien con un dulce de papaya en la mano, esos que se hacen en las casas y que huelen a canela desde lejos.
Lo que más sorprende es la mezcla: entre los edificios bajos y las calles sinuosas, se cuela el eco de las fiestas. No es solo el nombre de la ciudad lo que brilla, sino el color de las prendas bordadas que lucen las mujeres los días de fiesta. Y si preguntas, te dirán que aquí hasta el sol parece bailar al ritmo de las jarana cuando suena en alguna casa de la Calle 20.
Última actualización: 23 de septiembre de 2026