Sobre el chat de Cacahoatán
Entre la bruma del Soconusco y el rumor del río Cahuacán, Cacahoatán se alza como un pueblo donde el cacao sigue oliendo a tierra mojada. El aire es denso, cargado de ese verde intenso que trepa por las laderas cercanas, y el sol pega fuerte a las 477 metros de altitud. Aquí no hay que buscar mucho para encontrar el alma del lugar: basta asomarse al río o pasear por la cabecera municipal, donde el pasado tolteca asoma entre las ruinas de Mixcum y el eco de las fuentes de 1908 aún resuena en la plaza.
El Polideportivo Dr. Manuel Velasco Suárez no es solo un sitio para hacer deporte: es el corazón de los partidos de básquetbol al aire libre, donde los vecinos se juntan para jugar bajo las luces del auditorio. Y si el cuerpo pide movimiento, siempre está el tianguis semanal, esa tradición que desde hace siglos convierte las calles en un mercado vivo, con productos que huelen a maíz, café y especias. El café, por cierto, llegó con Manchinelli a finales del XIX y desde entonces forma parte del paisaje, más que del plato.
Quien no ha probado el cacao en alguna de sus formas —desde la semilla tostada hasta el chocolate espeso— no sabe de qué va este pueblo. Las calles no tienen nombres rimbombantes, pero el olor a tierra y a grano tostado sí que es un cartel de bienvenida. Aquí el tiempo se mide por el sol, el café y el próximo tianguis, no por el reloj.
Última actualización: 15 de septiembre de 2026