Sobre el chat de Arriaga
Los arriaguenses no se andan con rodeos: si el viento levanta polvo —y en enero y febrero es así—, ellos se limpian las solapas y siguen adelante. Por eso, cuando la brisa silba entre los edificios, nadie se queja: es parte del carácter de esta ciudad, donde el comercio bulle en las calles y los comercios saben que, cuando el aire sopla fuerte, hay que cerrar las puertas con firmeza.
La arena que arrastra el viento no es solo polvo: es la historia de un lugar que los antiguos llamaron Jalisco, por el valle arenoso que pisaban. Hoy, entre las aceras y los mercados, los vecinos —a los que conocen como *come tierra*— ven cómo el Parque Eólico Arriaga se alza al fondo, recordándoles que hasta el aire aquí es aprovechable. Las tiendas de abarrotes, las panaderías y los puestos de comida callejera comparten espacio con ese rumor constante de aspas girando a lo lejos.
Por las tardes, cuando el sol se esconde tras los potentes tehuanos, la vida en la ciudad se traslada a las esquinas donde el viento, más que molestar, invita a hablar más alto. No hay que buscar más allá de las aceras para entender por qué Arriaga huele a pan recién horneado y a polvo de tierra: es su aroma más auténtico.
Última actualización: 21 de septiembre de 2026