Sobre el chat de Ángel R. Cabada
La humedad del Sotavento se nota en el paso reposado de la gente de Ángel R. Cabada, ese ritmo que mezcla la calma de la tierra baja con el empuje de quienes se ganan la vida entre el río y el campo. Aquí los cabadeños no corren; se toman su tiempo en la calle principal, donde el sol pega fuerte a las once de la mañana y los toldos de los puestos de tamales ya están desplegados junto al mercado. A mediodía, el olor a plátano macho frito y a café de olla se mezcla con el rumor de las conversaciones en voz baja: son de esos pueblos donde el saludo vale más que el reloj.
Lo más auténtico de Ángel R. Cabada no está en lo que se ve a primera vista, sino en lo que se vive cuando cae la tarde. El Corpus Christi, por ejemplo, no es solo una fiesta religiosa: es la excusa para que las calles se llenen de altares efímeros, de música de banda y de niños corriendo entre las mesas donde se sirven enchiladas con huevo y chiles toreados. Lo mismo pasa con el río, que aunque no baja caudaloso, es el límite natural entre barrios y el lugar donde se pescan camarones los fines de semana, cuando el agua baja turbia y los anzuelos se clavan en el lodo.
Si quieres saber qué se cuece por aquí sin más vueltas, entra a la sala y pregunta por el mejor lugar para probar un plato de chileate con hierba de conejo o por el camino que lleva a la playa más cercana. Los cabadeños responden sin rodeos, te dirán que por el río se llega a La Mancha en menos de una hora y que en la fiesta del Corpus es mejor llevar gorra o sombrero: el sol no perdona ni a las doce del día.
Última actualización: 21 de septiembre de 2026