Sobre el chat de Guayama
En Guayama, el Carnaval Brujo de marzo no es solo una fiesta, es un ritual que huele a salitre y se escucha en los tambores de bomba. La Plaza de Recreo Cristóbal Colón se llena de disfraces que bailan entre el calor del Valle Costero del Sur, mientras el mar Caribe le hace de fondo. Allí, la magia no la traen los libros: la traen los abuelos que aún guardan secretos de los taínos en la memoria.
El municipio respira entre montañas y olas: al norte, la Sierra de Jájome se alza con el Cerro de la Tabla (863 m), y al sur, las aguas del mar Caribe bañan playas donde el tiempo parece detenerse. En el Bosque Estatal de Carite, los senderos esconden petroglifos olvidados, y en el Estuario de La Bahía de Jobos, las garzas observan a los pescadores que aún usan técnicas de hace siglos. Guayama no pide que la descubras: te desafía a que la sientas.
Si el baloncesto te late fuerte, los Brujos de Guayama tienen su cancha en el Marcelino Blondet, donde el público grita más que en el Estadio Municipal de Béisbol. Y cuando cae la noche, el Teatro Calimano o las Noches de Encanto —tercer viernes de cada mes— convierten el pueblo en un escenario sin paredes. Aquí no hay guías turísticos: solo gente que comparte historias entre tragos de café con calabaza y risas.
Última actualización: 13 de septiembre de 2026