Sobre el chat de Cehegín
En Cehegín el invierno huele a leña quemada y almendra tostada. Cuando llega enero, la plaza del Castillo se llena de humo y el olor a migas y empedrao se mezcla con el de las galletas flechas recién hechas, que reparten en el Mesoncico durante la fiesta de San Sebastián. Los cehegineros no necesitan excusas para salir a la calle: basta que caiga la noche en el casco antiguo para que las voces se mezclen con el rumor del río Argos, que serpentea entre el cerro de la Soledad y la ladera donde se yergue la iglesia de la Magdalena, la que dibuja el perfil de este pueblo de montaña.
Por Carnaval, sin embargo, Cehegín se vuelve otro: el domingo los niños desfilan con sus disfraces mientras los mascarones invaden las calles hasta el amanecer. No hay que buscar horarios ni lugares fijos; los cehegineros saben que el mejor sitio es donde esté la música, el chocolate humeante o el último grupo de amigos cantando por las plazas. Aquí el carácter no se mide en metros cuadrados, sino en la anchura de las aceras del centro, donde caben desde abuelos tomando el sol hasta jóvenes con guitarras improvisadas.
Lo que sí tiene Cehegín son cerros que vigilan el pueblo: la sierra de Burete al norte y las de Lavia y Quípar al este, que guardan secretos como el embalse del Argos, donde la luz del atardecer dibuja reflejos rojizos sobre el agua. Cuando el sol se esconde, la gente sigue hablando de lo mismo: del almendro en flor que tiñe de blanco los campos en febrero o de cómo el olivo de secano y las canteras de mármol rojo han moldeado la vida aquí durante generaciones.
Última actualización: 19 de septiembre de 2026