Sobre el chat de Villa del Rosario
Villa del Rosario no es solo un municipio colindante con Venezuela, es un lugar donde el sol quema a 33 grados y la brisa del Catatumbo refresca el atardecer. Los villarrosenses saben vivir a pie de calle: desde el mercado donde se regatean los chivos en cerveza hasta las esquinas donde las mujeres tejen mimbre como si fuera un oficio ancestral. No es raro cruzarse con un artesano tallando réplicas del templo histórico en su taller de bambú, un trabajo que ha valido que su arcilla sea considerada entre las mejores del mundo.
Aquí las comidas no son cualquier cosa. Una mesa bien puesta en Villa del Rosario incluye cachama frita, morcillas humeantes y arepas de maíz pelao que crujen al morderlas. Los domingos, el olor a sancocho de gallina se mezcla con el dulce de leche que hierve en los fogones de las casas. Y cuando llega octubre, el pueblo aguarda ese mes de lluvias que alcanza los 111,8 milímetros, el más húmedo del año, como un aviso de que la tierra está lista para sembrar.
Quien pase por el centro histórico no puede perderse los monumentos que guardan la memoria de la independencia. Las calles, anchas y sombreadas, invitan a caminar sin prisa mientras se escucha el rumor de los carritos de los vendedores de masato, esa bebida fermentada que los locales toman como si fuera agua. Villa del Rosario huele a leña quemada, a tierra mojada y a tradición viva.
Última actualización: 11 de septiembre de 2026