Sobre el chat de Samborondón
La calle en Samborondón no se apaga nunca. Por la mañana huele a tierra recién regada y a arroz que se seca en los patios, mientras los camiones cargados de sacos pasan sin prisa por las avenidas polvorientas. Al caer la tarde, el río Babahoyo se llena de voces que mezclan el repique de las redes de pesca con los gritos de los niños que corren entre las barcas amarradas. Los samborondeños, gente de pocas palabras pero de risas largas, se saludan con un gesto de cabeza o un «¿ya sembraste el nuevo lote?» entre conocidos.
Aquí el arroz no es solo un cultivo: es el latido del pueblo. En la época de cosecha, el aire se espesa con el polvo del trillado, y en los mercados —no los de plaza mayor, sino esos que se montan junto a la carretera— se venden corvinas frescas y camarones del río, que saben a lo mismo que el agua que baja desde las montañas. La gente no pierde el tiempo en formalidades: si quieres saber de las lluvias o de dónde comprar semilla, pregunta a cualquier vecino. Eso sí, no esperes que te den vueltas: te dirán la verdad como si fuera la cosa más normal del mundo.
Cuando cae la primera gota de la temporada lluviosa, la gente se prepara para lo que viene: seis meses de humedad y cielo plomizo que convierten los caminos en lodazales. Pero incluso entonces, la vida sigue igual. Los niños juegan entre los charcos, los viejos se sientan en las aceras a hablar de cosechas pasadas, y en las casas con techos de zinc suenan las radios a todo volumen, mezclando noticias con música de guitarra. Aquí no hay prisa, ni por el sol ni por la sombra.
Última actualización: 9 de agosto de 2026