Sobre el chat de Guabo
En las orillas del río Jubones, donde el agua baja espesa entre manglares y bancos de arena, Guabo se asienta como un pueblo de calles anchas y sombra corta. El aire huele a salitre mezclado con el aroma de los plátanos maduros que se venden en los mercados, y a veces hasta se siente el calor pegajoso que sube desde la llanura costera. Aquí el clima no perdona: en marzo el termómetro se pasea cerca de los 28 grados, pero con la humedad la sensación supera fácilmente los 36. Menos mal que el viento del Jubones alivia el sofoco a ratos, como si el río mismo soplara para que no se derrita la gente.
Los guabeños son de fútbol hasta la médula, aunque no tengan un equipo propio que los represente en las grandes ligas. Mientras el Santos F.C. pelea en el provincial, la mayoría vibra con los colores de Barcelona o Emelec, y el Estadio José María Mora se llena los domingos con el griterío de las gradas. Allí, entre camisetas azules y amarillas, se respira el orgullo de un pueblo que, aunque pequeño, sabe lo que es sudar la camiseta por su gente. Y si de deporte se habla, no falta quien recuerde aquellos partidos de barrio donde el balón rodaba hasta el atardecer sobre el polvo de las canchas improvisadas.
La economía aquí no vive solo de la pelota: el comercio bulle en las tiendas de la calle 9 de mayo, y el turismo asoma tímido cuando los visitantes llegan buscando el paisaje de manglares y las áreas verdes que rodean la ciudad. Pero lo que más une a los guabeños es la costumbre de sentarse a charlar bajo los árboles de guabo, esos mismos que dieron nombre al pueblo cuando los canoas amarraban sus embarcaciones a sus ramas en la época colonial. Si pasas por aquí, no te pierdas el sabor de los cacao y el pescado fresco que aún se preparan como en los tiempos en que los primeros pobladores sembraban sus fincas a orillas del río.
Última actualización: 7 de agosto de 2026