Sobre el chat de Espinal
En Espinal los espinalunos no piden permiso para hablar de lo que toca: el arroz recién cosechado o el tamal envuelto en hoja de plátano, que huele a maíz y a leña cuando se desenvuelve. Por las aceras de la carrera 5 o en la plaza, la gente se para a discutir sobre el último lote que llegó a los molinos o a contar cómo quedó la lechona tolimense en el horno artesanal, con la piel tostada y crujiente como debe ser.
El calor en la calle no da tregua, y en verano el termómetro trepa hasta rozar los 40 grados a la sombra. La gente se refugia en las sombras de los corredores de las casas coloniales o se sienta a tomar un fresco bajo los árboles a orillas del río Magdalena, que baña las afueras del pueblo con su corriente lenta y ancha. No hay niebla que valga, pero en las tardes de invierno el sol se pone rápido y la brisa fresca baja desde la cordillera.
Los molinos no solo mueven la economía, sino también las conversaciones en los buses que llegan desde Ibagué. Allí se mezcla el polvo del arroz con el sudor de los jornaleros que trabajan en los cultivos de algodón o tabaco. Si pasas por el centro, fíjate en cómo los tenderos cortan el tamal al momento y lo sirven con un trozo de arepa de maíz blanco, recién hecha. Eso sí que no se improvisa.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026