Sobre el chat de Corozal
El nombre de Corozal viene del fruto de la palma de corozo, que tiñó de rojo intenso los suelos de la sabana hace siglos. Esa palmera, antes abundante, dejó huella no solo en el paisaje, sino en la mesa: el jugo de corozo y la chicha que lo acompañaba siguen siendo un sello de identidad, como el patacón con queso o el arroz con coco que se sirven en las fondas del centro. No es casual que a este pueblo lo llamen también la ciudad de las cuarenta y cinco mil sonrisas: cada diciembre, cuando la Virgen de la Inmaculada Concepción recorre las calles en procesión, la gente se congrega no solo por fe, sino para ver cómo el cielo se ilumina con los juegos pirotécnicos que acompañan al Rosario de Aurora.
Entre arroyos como el Grande de Corozal —que nace en el Cerro de San Antonio y se pierde en el Caño de Santiago Apóstol— y las tierras que aún guardan el eco de los hatos ganaderos, la vida aquí se mide en ciclos. La Cuaresma trae consigo la repetición de dulces caseros, y tras el Miércoles de Ceniza, el Carnaval de Corozal toma el relevo con una explosión de comparsas y música que no olvida su raíz sabanera. Quien llega a este rincón de Sucre no tarda en darse cuenta de que no hay lugar más fácil de visitar que Corozal, pero difícil de olvidar.
Si quieres saber cómo se vive aquí sin filtros, aquí se habla de las fiestas patronales, del sabor del diabolín recién hecho o de las veredas donde aún se cría ganado de doble propósito. No es un escaparate: es el Corozal de verdad, con sus arroyos que crecen en invierno y sus calles que se llenan de historias cuando llega diciembre.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026