Sobre el chat de Barrancas
En Barrancas, los barranqueños no necesitan presentaciones: la gente habla fuerte, ríe alto y se conoce en la misma esquina donde el calor y el polvo se mezclan con el murmullo del río Ranchería. Aquí, la calle es el salón de todos: desde el abuelo que cuenta historias de la rebelión de 1813 hasta el joven que espera el transporte hacia Riohacha o Maicao. No hay que buscar más allá de la margen izquierda del Ranchería para entender por qué este pueblo huele a carbón, a tierra seca y a ese algo que solo tienen los pueblos que se aferran a la historia entre montañas.
Lo que más sorprende al llegar es su clima: 28 grados todo el año, con un sol que no perdona ni en diciembre. La gente se refugia bajo los árboles de mango o en los zaguanes frescos, pero ni el calor frena las tertulias. Y aunque la economía tira más hacia el carbón y el contrabando que hacia los tamales (aquí no hay fiesta de San José con ese nombre), la vida en la calle sigue siendo el verdadero motor. Lo único que no falta es el ánimo: cuando el viento sopla del norte, trae polvo de la Serranía del Perijá, y los barranqueños lo reciben como quien recibe un visitante conocido.
Quien no ha estado en Barrancas no sabe lo que es ver un pueblo donde el pasado y el presente chocan sin aviso. Un día estás hablando con alguien que menciona la rebelión de 1813 como si hubiera sido ayer, y al siguiente te encuentras con un camión cargado de carbón rumbo a la costa. No hay que inventar nada: aquí la realidad supera a la imaginación. Y si te gusta el bullicio sin filtros, esta es tu sala.
Última actualización: 8 de septiembre de 2026