Sobre el chat de Pisco
El viento que arrastra salitre y el olor a algarrobos quemados en el aire son el saludo de Pisco cada tarde. La ciudad se acurruca entre el Pacífico, que lame la costa con olas redondas, y las dunas que el viento arrastra hacia el interior, tan cerca que en invierno la neblina se enreda entre los postes de la luz. Aquí el mar no es fondo azul lejano, sino un vecino ruidoso que se cuela en los barrios bajos cuando sube la marea.
En diciembre, cuando el sol quema hasta las sombras y los vientos Paracas bajan de intensidad, los pisqueños se refugian en las *bodegas* del centro para probar el pisco que los valles cercanos guardan en sus barricas de huarango. Al otro lado de la carretera Panamericana, el río Pisco serpentea tranquilo entre totorales, llevándose el reflejo de los cerros pelados y las palmeras. No es raro ver a alguien con una caña de pescar en el muelle, aunque el puerto ya no mueva azogue como en los tiempos del virreinato.
La plaza mayor no está llena de palomas, sino de vendedores de *tamales verdes* envueltos en hoja de plátano, y al caer la tarde, antes de que el frío se pegue a los huesos, los jóvenes se reúnen en las esquinas de la calle Tacna a tomar chicha de jora. Si quieres saber cómo es Pisco sin pasar por el Perú, este es el sitio para preguntar: aquí la gente habla claro y rápido, con ese acento que se traga las eses y alarga las vocales como si el tiempo no apremiara.
Última actualización: 9 de agosto de 2026